APRENDER PARA TRANSFORMAR
APRENDER PARA TRANSFORMAR
Nancy Lizeth Corcino Rosas*
Colima, Colima, México a 15 de febrero de 2026.
No me pidas que baje la voz: caminos para transformar la autonomía y los estigmas
Elegí abordar a las mujeres como grupo históricamente vulnerable porque, a pesar de los avances en igualdad y políticas de inclusión, siguen enfrentando desigualdades estructurales, estereotipos y prácticas sociales que limitan su autonomía y reconocimiento. Como trabajadora social y psicóloga, mujer que desempeña múltiples roles, en lo cotidiano me encuentro con comentarios, silencios y miradas que cuestionan mis capacidades. En esta columna reflexiono sobre experiencias y tensiones que surgen cuando la inclusión y la valoración de trayectorias diversas chocan con prejuicios y dinámicas institucionales, buscando analizar críticamente cómo reconocer y potenciar la autonomía de las mujeres.
En mi experiencia como hija, madre, esposa, trabajadora social, docente, facilitadora de talleres, emprendedora y estudiante de licenciatura y doctorado, he aprendido que desempeñar múltiples roles puede ser una fuente de satisfacción, crecimiento y sentido, pero también un espacio donde emergen tensiones sociales poco visibles. No se trata de idealizar la experiencia ni de negar el cansancio físico y emocional que aparece en algunos momentos. Con frecuencia, lo que más impacta no es el esfuerzo en sí, sino la manera en que el entorno interpreta y valora estas trayectorias. Comentarios cotidianos, silencios incómodos o miradas que cuestionan las capacidades, suelen operar como mecanismos sutiles de invalidación que afectan la percepción de la autonomía y el reconocimiento personal.
A lo largo de mi formación en ámbitos psicosociales y educación, he analizado discursos institucionales que promueven la inclusión, la equidad y el cuidado. Sin embargo, en la práctica, he observado que estas intenciones, aunque necesarias, a veces generan efectos contradictorios. Terminan suavizando o poniendo en duda las capacidades de las mujeres, especialmente cuando sus trayectorias no responden a expectativas tradicionales. Esta tensión se vuelve más evidente en espacios educativos, donde se promueve el pensamiento crítico, pero no siempre se está dispuesto a sostenerlo cuando proviene de voces femeninas que hablan con claridad y seguridad. Entonces, ¿cómo pueden las instituciones y los entornos educativos ser verdaderamente inclusivos sin limitar la autonomía y las capacidades de las mujeres? ¿De qué manera es posible reconocer la pluralidad de roles y experiencias sin que se interpreten como excepcionales o fuera de la norma? Estas interrogantes permiten problematizar las prácticas cotidianas y abrir el análisis hacia una educación inclusiva que no reduzca, no silencie y no romantice, sino que reconozca trayectorias diversas desde la dignidad y el desarrollo humano.
A lo largo de mi trayectoria como estudiante de trabajo social, psicología y actualmente educación, he revisado de manera constante temas relacionados con violencias, agencia, desarrollo humano y discriminación. En estos campos, la inclusión aparece como un eje central en discursos, políticas y protocolos institucionales. Sin embargo, desde mi experiencia, he observado que, aunque dichas estrategias buscan proteger, en ocasiones producen efectos no intencionados sobre la autonomía y la forma en que se perciben las capacidades de las mujeres. En algunos contextos, estas acciones terminan romantizando realidades complejas o normalizando expresiones como “al menos ya se está trabajando”, minimizando así las tensiones estructurales que persisten en los espacios educativos.
Esta contradicción se hace evidente en las aulas, donde se invita a reflexionar, analizar y cuestionar, pero no siempre se está dispuesto a reconocer el desarrollo crítico del estudiantado. En ciertos casos, el uso de la palabra se percibe como juicio y no como intercambio de ideas, lo que limita la participación y refuerza dinámicas de control simbólico. Estas prácticas no solo se sostienen desde lo institucional, sino que también se reproducen en las relaciones cotidianas entre mujeres y hombres. A lo largo de generaciones, estas dinámicas de discriminación han generado asimetrías generalizadas en distintos ámbitos de la vida social, como la familia, la escuela, la salud, el trabajo y los servicios públicos (CONAPRED, 2024).
En espacios académicos, laborales y de convivencia, la violencia relacional suele manifestarse de forma silenciosa cuando se sugiere bajar la voz, no por agresividad, sino porque incomoda que una mujer se exprese con claridad, profundidad o seguridad. También aparece cuando se invita a suavizar ideas, simplificar trabajos o moderar el pensamiento para no incomodar a otras personas. Presentar un trabajo elaborado, sostener una postura argumentada o expresar una idea con firmeza puede generar tensiones, silencios o distancias que buscan contener aquello que se percibe como una amenaza.
Ante estas dinámicas, el apoyo emocional, los vínculos significativos y la comunicación asertiva se convierten en elementos clave para sostener múltiples roles sin perder bienestar; sin redes efectivas, la estigmatización y la violencia relacional pueden intensificar la sensación de aislamiento. Feldman y Saputi (2007) señalan:
el entrenamiento de estas mujeres en la conformación de redes sociales efectivas y en el manejo asertivo de las relaciones de pareja, familiares y laborales, podría impactar positivamente en la cualidad de los roles desempeñados y contribuir en su bienestar y mejora de su calidad de vida (p. 114).
Asimismo, desde mi experiencia como mujer con múltiples roles, puedo analizar estas vivencias a partir de los cinco procesos psicosociales del estigma propuestos por Mora-Ríos y Bautista (2014), quienes explican que la estigmatización involucra el etiquetaje, la asignación de estereotipos, la separación, la pérdida de estatus y la discriminación, procesos que se despliegan en contextos de poder asimétrico (p. 304). Estos mecanismos se reflejan en comentarios cotidianos, expectativas de género, sensaciones de no pertenencia y exclusiones sutiles, incluso en espacios que se consideran incluyentes.
Para concluir, aprender para transformar significa reconocer que, aun con buenas intenciones, los discursos institucionales y las prácticas cotidianas pueden invisibilizar la autonomía de las mujeres. Desempeñar múltiples roles no es extraordinario, sino una oportunidad de florecer con apoyo, redes y reconocimiento de capacidades. Educar desde una perspectiva inclusiva implica cuestionar violencias sutiles, desmontar estigmas y valorar trayectorias diversas. Proteger no debe limitar, sino potenciar; acompañar no significa silenciar. Solo así la educación se convierte en un acto transformador que abre espacios más justos, equitativos y humanos para todas las personas.
Referencias:
CONAPRED. (2024). Protocolo de Atención Prioritaria, Accesible y de Calidad a Grupos Históricamente Discriminados. Ciudad de México: CONAPRED. Protocolo de atención prioritaria, accesible y de calidad a grupos historicamente discriminados
Feldman, L., & Saputi, D. (2007). Roles múltiples, cualidad del rol, apoyo social y salud en mujeres trabajadoras. Revista Venezolana de Estudios de la Mujer, 12(29), 91–116. Roles múltiples, cualidad del rol, apoyo social y salud en mujeres trabajadoras
Mora-Ríos, J., & Bautista, N. (2014). Estigma estructural, género e interseccionalidad: Implicaciones en la atención a la salud mental. Salud Mental, 37(4), 303–312. aarriaga,+Journal+manager,+SM+14.04.04+-+Estigma+estructural.pdf
*Alumno(a) del Doctorado en Educación
nancy.corcino@invesco.edu.mx
Instituto Virtual de Educación Superior de Colima (INVESCO)
Asignatura: Educación inclusiva y no discriminatoria